“Había una vez un leñador que se
presentó a trabajar en una maderera. El primer día se presentó al capataz, que
le dio un hacha y le asignó una zona de bosque. El hombre, entusiasmado, salió
a talar. En un solo día cortó dieciocho árboles.
-Te felicito- le dijo el capataz-.
Sigue así.
Animado por las palabras del capataz,
el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa
noche se acostó bien temprano. A la mañana siguiente, se levantó antes que
nadie y se fue al bosque. A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de
quince árboles.
-Debo estar cansado-pensó, y decidió
acostarse con la puesta de sol.
Al amanecer, se levantó decidido a
batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la
mitad. Al día siguiente fueron siete, luego cinco y el último día estuvo toda
la tarde tratando de talar su segundo árbol. Inquieto por lo que diría el
capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y
perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento. El
capataz le preguntó: ¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?.
-¿Afilar? No he tenido tiempo para
afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles”.
Bucay, J (2002).Déjame que te
cuente: Los cuentos que me enseñaron a vivir (pp. 112-113). Barcelona: RBA.
Libros.

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